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La retirada que fortaleció a Hezbolá


Conviene, aún después de diez años, analizar desde sus bases la retirada unilateral de Tzáhal del Líbano en mayo de 2000. La situación actual en dicha región por un lado y la retirada por otro volverán a ocuparnos en el futuro.

Para ser sincero, debo resaltar que no me refiero a este análisis desde una posición objetiva. Como vice ministro de Seguridad me opuse entonces fervientemente a una retirada unilateral del Líbano.

Nadie en la esfera política apoyó mi postura, a excepción de los parlamentarios Uzi Landau de la derecha y Yossi Sarid de la izquierda. Dentro del sistema de seguridad se opusieron a la retirada el Comandante en Jefe de Tzáhal, Shaul Mofaz, y el entonces Jefe del Comando Norte y actual Jefe del Estado Mayor, Gabi Ashkenazi.

Desde la expulsión de la OLP en el verano de 1982, quien luchó contra nosotros en el Líbano, y con una potencia recrudecida cada año, fue Irán a través de Hezbolá.

En el transcurso de 18 años, los combates en esa franja de seguridad en el sur del Líbano revistieron un carácter de lucha de guerrilla y anti-guerrilla; el accionar de Tzáhal era muy superior.

Las poblaciones en la línea de disputa en el norte del país gozaron de plena seguridad, los agricultores trabajaban sus tierras hasta la misma línea de frontera; los misiles no caían sobre nuestras cabezas.

Esa realidad no se logró gratuitamente. Cada año Tzáhal perdió en el Líbano un promedio de 25 soldados. La franja de seguridad creó un capa defensiva en tierras del Líbano en la cual se estrellaba la guerrilla iraní.

Lo que se desgastó en esos años, y en los cuatro que precedieron a la retirada, fue la capacidad de la sociedad israelí de soportar el precio de las víctimas en ese frente. Desde el asesinato de Rabín, el liderazgo político no transmitió a la población ni a sus soldados ningún mensaje de necesidad de enfrentamiento, ningún aforismo de que la guerra en su extensión iraní es justa y que Israel debe ser consecuente con sus intereses estratégicos aún cuando no consiga una victoria relámpago.

Desde la opinión pública, cuya sensación de garantía mutua se esfumó, nació el movimiento "Cuatro madres". El mismo expuso su preocupación por la vida de sus hijos, un sentimiento humano básico y profundo por sobre cualquier raciocinio de seguridad nacional, la cual se convirtió casi en un concepto desdeñable.

El liderazgo político de derecha e izquierda, excluyendo unos pocos, y entre ellos yo mismo, no presentó una reacción legítima a los reclamos de "Cuatro madres" y adeptos, ni ninguna otra respuesta ética o lógica.

Ese liderazgo no entendió que la guerra no era sólo por el dominio de la Fortaleza Beaufort, ni tampoco por el bienestar de los habitantes de la Galilea. Se trataba de la primera experiencia de Irán por desprestigiar a Israel con una lucha de guerrillas para estacionarse en la misma frontera norte.

El estado de ánimo nacional, que no esgrimió una mano directriz e indicadora - sólo la lamentación populista de "Cuatro madres" -, convirtió la retirada del Líbano en un as vencedor para obtener popularidad y ganar elecciones.

Los adeptos a la retirada consideraron que la misma anularía el pretexto de Hezbolá acerca de "enfrentarse a la conquista israelí", conduciría a un cese de sus acciones militares y la convertiría en una organización política más. Contrariamente, los que negaban el repliegue unilateral, argumentaban que no existe un vacío en el Líbano.

Al no llegar a un acuerdo, quien ocuparía el lugar de Tzáhal y Tzadal (Ejército del Sur del Líbano) sería Hezbolá, que se establecería sobre la misma cerca de seguridad de las poblaciones del norte, y lograría una cómoda y nueva línea para lanzar misiles y llevar a cabo ataques terroristas.

Irán continuaría activando a Hezbolá en contra nuestra desde la línea de la cual nos retiramos.

la Segunda Guerra del Líbano, que estalló el 12 de julio de 2006, definió con un retraso de seis años el debate. Con el precio de un temporario apaciguamiento creamos las condiciones de apertura más cómodas para Hezbolá de contrarrestar una operación militar.

El número de muertos israelíes en dicha guerra fue seis veces mayor al promedio de los caídos anualmente en los últimos años de la lucha en el Líbano.

La retirada unilateral del Líbano tuvo otras dos implicancias importantes. Una de ellas es el abandono de Tzadal. Los soldados del Ejército del Sur del Líbano que ligaron sus destinos al nuestro, y centenares de ellos cayeron en la contienda, fueron abandonados a una vida paupérrima en Israel, o a una vida de ofensas y sufrimiento en el Líbano. Su detrimento cínico es una mancha moral en la conciencia del Estado de Israel; una señal de advertencia para quienes sopesen establecer un pacto con nosotros en el futuro.

La segunda implicancia es haber transmitido un mensaje de debilidad a nuestro entorno:Nosotros huímos del lugar en el cual nos desangramos. El 30 de junio de 2000, un mes posterior a la retirada y tres meses antes del estallido de la segunda Intifada, el dirigente palestino Yasser Abed Rabbo afirmó: "A ustedes, los israelíes, debemos hablarles solo en libanés; ese es el único idioma que entienden".

Hay quienes dicen que es mejor que la segunda Intifada, que estalló en septiembre de 2000, nos haya encontrado fuera del Líbano. Puede suponerse, pero no así demostrarse, que el mensaje de debilidad que transmitió la retirada, incentivó a los palestinos a regresar a la violencia.

Actualmente, el poderío de Hezbolá en Líbano es superior al que tenía en el verano de 2006, y por supuesto al que tenía en mayo de 2000. Irán continúa apoyando a la organización y manifestando su potencialidad contra la retaguardia israelí.

La comprensión real de la esencia del enfrentamiento, y la sincera y recta exposición ante el público, será necesaria para entender posibles confrontaciones en el futuro.

Fuente: Haaretz - 21.5.10
Traducción: Lea Dassa para Argentina.co.il