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El problema básico de la sociedad israelí no es el precio del queso cottage, ni tampoco la vivienda inalcanzable; éstas son sólo expresiones destacadas de la verdadera dificultad: un sistema gubernamental que desacredita los valores de igualdad y solidaridad.

Esta puede ser una fábula no demasiado agradable de leer; pero sería conveniente recordarla cada vez que nos toque presenciar el histérico ajetreo de miles de policías y soldados tratando de hacer retroceder a manifestantes en los aeropuertos, en las playas y en las fronteras.

Si todavía existía en algún momento una alternativa para alcanzar una solución de dos estados a través de la mediación norteamericana. El resultado final del viaje de Netanyahu a Estados Unidos, su encuentro con Obama y su discurso en el Congreso, acabó con esta opción.

Durante años, Occidente se dedicó a vender la idea de paz como un puente entre culturas diversas. El caso de Egipto y Jordania sirve como prueba. Mientras los líderes hacían la paz, Israel continuó siendo el blanco para la furia de las masas.
Israel ha perdido la profunda comprensión del desafío que conlleva el tsunami. Las élites se han fugado, el país se ha dividido, los sistemas públicos han colapsado. La ilusión ha generado la falsa idea de que las fuerzas de mercado son capaces de resolver cualquier problema.


Las tratativas entre israelíes y palestinos para llegar a un acuerdo permanente llevan casi dos décadas desde su iniciación; sin embargo, conseguir la ansiada paz parece estar ahora mucho más lejos que al principio.

Es grave que los palestinos no asimilen que el pueblo judío se encuentra en su tierra milenaria a la que le unen vínculos históricos desde antes del nacimiento del islam. No menos grave es que intenten convertir sitios identificados con la fe judía en parte del "legado palestino".


Yasser Arafat no quiso hacer la paz con Israel. Mahmud Abbás carece de autoridad para llegar a un acuerdo. Hasta que los palestinos se repongan y hagan un poco de orden en su casa, no habrán posibilidades de avanzar.

Ahora que nuevamente nos prometen guerra porque "le conviene a los americanos", vale la pena recordar que el 12 de julio de 1966, sesenta científicos e intelectuales israelíes firmaron una solicitada en el diario Haaretz titulada "Por la no proliferación de armas nucleares en la región".

Según fuentes extranjeras, sin referirse a alguna información especifica, y todo ello un año antes de que comience a funcionar el reactor atómico de Dimona, los firmantes exigían "desarrollar una cautelosa política internacional con el objetivo de evitar la fabricación de armamento nuclear en Oriente Medio", y agregaron con mucha razón: "si las armas nucleares llegan a manos de una de las partes en conflicto de esta región, la otra también las conseguirá".

Entre los firmantes se encontraban científicos del Technion, del Instituto Weizman y de la Universidad Hebrea de Jerusalén. También firmaron renombrados intelectuales académicos como los historiadores Yehuda Magnes y Yaacov Talmón, los filósofos Yehoshua Bar Hillel e Yeshayau Leibowitz y el poeta Abba Kovner, entre otros.

La capacidad "de la otra parte" de conseguir armas nucleares, motivo central de la solicitada, era entonces una cuestión imposible de aceptar para nuestros líderes. Todos estaban compenetrados en la permanente charlatanería respecto del "cerebro judío" que daba por sobreentendido un claro desdén y desprecio por "los nativos", incapaces de producir nada por si mismos. A tal punto se expresaba la visión claramente colonialista de los líderes de los proyectos nucleares israelíes.

Sin embargo, la profecía de los científicos e intelectuales comenzó a concretarse en 1981 en Irak bajo el gobierno de Sadam Hussein. Fue entonces que la subestimación cambió por un argumento distinto. Si la supremacía israelí no era ya una cuestión natural, había que ayudar a la naturaleza. Al repertorio del "casus belli" de Israel se incorporó otro motivo de guerra. Repentinamente el argumento: "Ellos no son capaces de producir armas atómicas" se convirtió en un desafió ideológico y militar: "No les permitiremos producir armamento nuclear". También en esa oportunidad el establishment de seguridad de Israel, gran fabricador de conciencias colectivas, permanecía centrado en la profunda desestimación de la capacidad de "los nativos".

Hay algo muy irónico en el llamativo llanto del Premio Nóbel de la Paz, Shimón Peres, respecto de los programas nucleares de Irán. Quien se ufana de toda vinculación posible de su decisiva participación en la preparación de una alternativa atómica, quien representó el mito de que "el reactor atómico nos liberará de toda dependencia internacional", ahora tira fuertemente de las solapas de los grandes dirigentes del mundo: Hagan justicia y misericordia con nosotros y aseguren la desaparición del peligro atómico iraní.  Nunca se vio tan limitada la independencia de decidir y actuar de Israel a la luz de todo el mundo.

Muchas palabras se escucharon desde aquella solicitada, muchas tijeras de la censura, mucha palabrería y arrogancia, y sobre todo mucha mitología. Esa es la fuerza de "la realidad": Lo que está en discusión en el momento de su creación se torna sagrado con el correr del tiempo. Es tanta la fuerza del Estado, que convierte sus sitios secretos de Dimona y Nes Tziona en lugares santos y en sitios de trabajo de departamentos enteros en las universidades.

Ahora, que el pánico respecto de Irán se renueva, vale la pena prestar atención a otro asunto interesante. Antes que Israel disponga de la opción nuclear, nadie pensaba que estaba ante un nuevo Holocausto, justamente por no poseer esa opción. Desde que dispone de armamento nuclear, según fuentes extranjeras, ese peligro se convirtió en un factor central de existencia. Por supuesto que el mito lo creó Israel; no hay quien discuta este argumento. El debate público por un Oriente Medio limpio de armas nucleares no es parte de la agenda israelí.

He aquí otro logro del Israel acantonado y blindado. Quien compare los sueldos de los profesores firmantes de aquella solicitada a lo que se denomina "el salario de los profesores catedráticos" de hoy, incluyendo todos los lujos, se percatará  que el Estado no solo construyó templos con la ayuda de científicos pertenecientes a institutos de muy alto nivel de estudios. El Estado también hizo un excelente negocio con muchos intelectuales de esas instituciones al adquirir por muy alto precio su permanente silencio.

Fuente: Haaretz - 7.7.09 

Traducción: Daniel Kupervaser (daniel.kupervaser.com)

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