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64

Estimados,

«Cuando tenga 64 años, si me lo pides, me quedaré contigo reparando el fusible cuando tus luces se hayan ido» (Paul McCartney; «When I'm sixty four»)

Israel cumple 64, la edad de la madurez para una persona pero la infancia para un Estado que ha visto realizado un sueño de siglos. El pensador Isaiah Berlín decía que «Israel es un testimonio vivo del triunfo del idealismo y de la fuerza de la voluntad del ser humano sobre las supuestamente inexorables leyes de la evolución histórica».

Los israelíes tenemos muy buenos motivos para festejar este aniversario. Vivimos en una sociedad compleja, libre y democrática, rodeada de Estados cultural y políticamente contrapuestos. Desarrollamos la economía más vigorosa de Oriente Medio y somos un foco mundial de nuevas tecnologías.

Somos más de siete millones de habitantes, un millón y medio de árabes israelíes incluidos, una colectividad que ni los sionistas militantes reunidos en Basilea en 1897, y ni siquiera líderes como David Ben Gurión, habrían soñado jamás.

Hemos rescatado el hebreo modernizándolo y editamos libros que se traducen a los más variados idiomas. Nuestras universidades, centros médicos y de investigación son de los más competentes; nuestra cultura se expone en todos lados; nuestra identidad israelí se va consolidando en estos 64 años de convulsa y complicada historia.

No conozco otro Estado que haya sido amenazado con ser borrado del mapa. Pero tampoco sé de un país contemporáneo que después de una espectacular y fulgurante victoria militar en junio de 1967 no haya sabido resolver el conflicto con sus vencidos que se quedaron en las tierras ocupadas sin obtener los mismos derechos civiles y políticos.

Mantenemos relaciones fraternales con Estados Unidos, sea quien fuere el presidente, y somos respetados por la Unión Europea, China y Rusia que mantienen relaciones fluídas con Jerusalén. A lo largo de nuestra breve existencia como Estado, hemos conseguido la paz con Egipto y Jordania.

A pesar de este panorama impensable cuando un 14 de mayo Israel nacía bajo los auspicios de la ONU, no detecto euforia. Citando nuevamente a Berlín: «No hay ningún otro país en el que tantas ideas, tantas formas de vida, tantas actitudes, tantos métodos para enfrentarse a las cosas del día hayan coincidido con tanta violencia».

Nuestro sistema político vive atomizado por partidos distintos y distantes que pactan gobiernos frágiles. Pero el problema de la democracia israelí es que nuestra clase política no ha sido capaz de establecer la paz con los palestinos. Con la «primavera árabe» e Irán sobre nuestras espaldas, no es fácil ni posiblemente asequible ahora. Pero como comentó alguna vez Shimón Peres: «Dormiré tranquilo por la noche cuando los palestinos empiecen a tener esperanzas mas allá de decir 'todo esto es mío'». En esta visión debemos caber también la gran mayoría de los israelíes.

En Israel hemos tenido dirigentes de gran categoría, desde Ben Gurión a Rabín pasando por Begin y Peres. Hemos librado siete guerras contra todos o alguno de nuestros vecinos; disponemos, según fuentes extranjeras, de armamento nuclear, pero nuestra fuerza no nos puede curar la falta de sueño que tenemos desde la Guerra de los Seis Días.

En Israel no podemos perdurar como un Estado judío y democrático y seguir controlando todo el territorio desde el Jordán hasta el Mediterráneo; sencillamente por una cuestión demográfica. Entre los palestinos no ha salido un Gandhi o un Mandela; han producido un Arafat y una organización terrorista - Hamás - que, para desgracia de su pueblo, realizó con éxito un golpe de estado en Gaza.

En Israel necesitamos la paz con los palestinos y éstos no podrán salir de sus hoyos de miseria si no pactan con nosotros. La continua violencia no puede propiciar la paz y la convivencia. Para obtenerla es preciso que ambos pueblos dominemos la memoria en lugar de convertirnos en sus rehenes.

Dicho de otra manera, la paz en Oriente Medio será posible cuando los israelíes dejemos de estar obsesionados por la necesidad de recluirnos en el pasado, y cuando los palestinos se hagan a la idea de que pueden vivir pacíficamente con nosotros como vecinos.

Han sido muchos los intentos de paz sellados en Camp David, Oslo, Madrid y Washington. El mensaje de un adulto de 64 años es que no queda más remedio que volverlo a intentar.

La alternativa es la violencia, una espiral que sólo genera más violencia.

¡Jag Sameaj y Buena Semana!