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Dos Obamas

El viaje de Obama a Israel selló un estrepitoso fracaso en el pasado y pretende anunciar un nuevo comienzo para el futuro. El fracaso es el que cosechó el presidente de EE.UU en su primer mandato, cuando situó la paz entre israelíes y palestinos entre sus prioridades internacionales con el resultado que conocemos.

El nuevo comienzo es el que pretendió iniciar hace unas semanas, dirigiéndose directamente al pueblo israelí. Hasta ahora los procesos de paz en Oriente Medio se producían entre Israel y dirigentes autocráticos, mientras que en la actualidad están apareciendo dirigencias más representativas y responsables que obligarán a tomar en cuenta las opiniones públicas si se quiere progresar en la materia.

Hubo fracaso porque fueron enormes las expectativas y la inversión de medios y esfuerzos. A diferencia de sus dos predecesores, Obama quiso dedicar sus energías desde el primer día a la creación de los dos Estados en paz y seguridad, tal como había establecido la Hoja de Rutas legada por George W. Bush, en la que se detallaban las fases para alcanzar el final del conflicto en 2005.

Obama contó con equipos diplomáticos que incluían a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, y a un enviado especial con un historial de éxito en Irlanda como Georges Mitchell. Dedicó discursos y viajes en una ofensiva diplomática para neutralizar la mala imagen de EE.UU. Se dio mucha prisa para obtener resultados, antes de las elecciones de mitad de mandato, casi siempre un castigo para la mayoría presidencial, pero la velocidad le condujo al menos a dos errores: eludió Israel y Jerusalén en su diplomacia viajera y se entregó a la Autoridad Palestina con sus exigencias a Netanyahu respecto a la congelación de los asentamientos como condición previa a cualquier negociación.

Al final, el resultado fue el peor de todos: el proceso de paz quedó hecho trizas; muy pocos creen en la fórmula de los dos Estados y la Casa Blanca se vio obligada a amenazar como siempre con vetar en el Consejo de Seguridad la candidatura que presentó Palestina para ingresar como Estado en Naciones Unidas.

Todos los presidentes estadounidenses invertieron enormes e infructuosas energías en resolver el rompecabezas de Oriente Medio. Lo característico de Obama es que lo hizo ya en su primer mandato y no está claro que le queden fuerzas para intentar un sprint final en el segundo como hicieron Clinton y Bush hijo en los dos últimos años, cuando ya no hay hipotecas electorales para un mandatario que no puede volver a presentarse.

Lo menos a que puede aspirar ahora es a recomponer en algo los desperfectos e intentar ese nuevo comienzo para evitar que EE.UU siga perdiendo fuelle en la región.

La ofensiva diplomática hacia Oriente Medio de Obama, en la que se incluía la paz entre árabes e israelíes, pretendía amortiguar y corregir los errores de Bush, pero no hizo más que complementar su desengaño con un mundo árabe y musulmán reactivado por «primaveras» y la llegada al poder del islamismo político radical en algunos países.

Una de las ironías de su primer mandato, es que lo único que no parecía interesarle, como era promover cambios en Oriente Medio, fue lo que ocurrió en realidad bajo sus ojos.

Obama quiso enmendar y romper con Bush en política exterior, pero sólo conseguió intensificar y en algún caso mejorar la tendencia, técnicamente al menos, siempre dentro del mismo surco. Su popularidad en los países árabes y musulmanes está por los suelos, como antes. Y para colmo, tampoco se le considera demasiado de fiar en Israel.

Una encuesta realizada hace una semana por la cadena ABC en conjunto con el diario «The Washington Post» determina que entre sus compatriotas, que simpatizan con Israel respecto a la Autoridad Palestina en una proporción de casi siete a uno, son más (17%) los que creen que presiona demasiado a los israelíes que los que piensan lo mismo respecto a los palestinos (9%), mientras que un 69% prefiere que deje la cuestión de la paz en manos de quienes se pelean y no se inmiscuya en el asunto.

Su actual viaje a Israel y Jordania, con parada en Ramallah, fue para demostrar, en sentido exactamente contrario a su opinión pública, que EE.UU no puede girar hacia Asia y olvidarse de Oriente Medio en muchos años, al menos mientras tenga una larga y pesada lista de conflictos en marcha, que amenazan, si no directamente su seguridad, sí al menos la de sus aliados.