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Una capitulación tolerable

Un acuerdo de capitulación es algo que debe aceptarse moderadamente, tal como se acepta un resultado amargo que resulta inevitable. Sólo en Israel la humillación puede ser motivo de festejo, sin tener en cuenta cómo se percibe desde el otro lado y el daño que puede causar.

El acuerdo que logró traer de regreso a casa a Gilad Shalit era inevitable desde un punto de vista político-interno y probablemente también sea razonable en relación con los riesgos de seguridad que plantea.

Sin embargo, en su esencia y sentido estratégico, se trató de una capitulación frente a la práctica extorsiva de una organización terrorista islámica radical, que con su proceder dejó al descubierto la debilidad del Estado de Israel, golpeándolo con crueldad y perseverancia hasta recibir casi todo lo que había exigido.

Pero Israel no sólo capituló. Celebró además un humillante festejo que Tzáhal ayudó a orquestar.

"Capitulación" no es una palabra que no pueda pronunciarse. A veces, resulta un acto inevitable en el contexto de una guerra prolongada con un enemigo totalmente determinado e impulsado fanáticamente. Sin embargo, constituye un acto humillante que puede ser tolerado siempre y cuando no crea una situación irreversible.

Es decir, siempre y cuando este acto no ponga en peligro nuestra existencia física como nación y como pueblo, y a la vez nos permita conservar nuestra fortaleza antes de la próxima contienda, hay una buena posibilidad de que salgamos victoriosos en el próximo round.

El acuerdo por Shalit es una capitulación de este tipo, tolerable, porque Tzáhal y el Shin Bet poseen las herramientas para enfrentar con éxito sus ramificaciones relacionadas con la seguridad, y porque nos permite conservar nuestra fuerza. Para ser más precisos, incentiva la motivación de los soldados de Tzáhal y de los ciudadanos israelíes en su conjunto para combatir y hacer frente a las amenazas que se nos presentan, comprobando así que la camaradería mutua no es un eslogan vacío en la sociedad israelí.

Compañerismo mutuo, para aquellos que lo han olvidado, no consiste solamente en la idea de que un Estado y sus ciudadanos estarían dispuestos a hacer lo que fuera para liberar a alguien que ha sido secuestrado. Esa es sólo una cara de la moneda. La otra es que el acuerdo por Shalit ayudó a poner de relieve el íntimo reconocimiento en cada uno de nosotros de que en Israel cada ciudadano cuenta.

Pero este hecho, tan importante como pueda ser para nuestro futuro y fortaleza nacional, es sólo una parte de la imagen. Una estimación realista de lo que debe esperarse en este caso debe tener en cuenta el impacto y las repercusiones del acuerdo en el otro lado. No sólo en Hamás, sino en todos los enemigos de Israel, desde Irán y Hezbolá hasta los árabes israelíes más extremos.

A juzgar por las reacciones que ha provocado el acuerdo, se puede señalar que ha servido para demostrarles aún más a nuestros enemigos que la sociedad israelí sabe cómo soportar las pérdidas hasta cierto punto, pero que no puede hacer frente a los dilemas emocionales y psicológicos.

No sólo los secuestros; cualquier uso de violencia para el cual Israel no tenga una buena respuesta militar, genera en la sociedad israelí un sentimiento de impotencia e histeria, y constituye por lo tanto una medida eficaz para producir con el tiempo la capitulación táctica, y tal vez incluso la caída estratégica de los judíos y su estado.

De hecho, el acuerdo por Shalit proporciona una renovada validación a la teoría de la "tela de araña" de Hassan Nasrallah. Según ésta, la sociedad israelí representa una tela de araña, fácil de desenredar si se le inflige un daño de tipo emocional, aprovechando al mismo tiempo los valores humanitarios de la sociedad occidental que obligan a Israel a refrenar su respuesta sin enfrentar directamente el poderío militar superior de Tzáhal.

De acuerdo a lo postulado por Nasrallah, la retirada de Tzáhal del sur del Líbano viene a confirmar esta teoría, mientras que Hamás logró alcanzar las mismas conclusiones tras la desconexión de Israel de la Franja de Gaza.

Según esta hipótesis, los secuestros casi siempre valen la pena, y su práctica es algo que debería continuarse, ya se trate de israelíes muertos o vivos. Esto queda demostrado con el único logro de Hezbolá durante la Segunda Guerra del Líbano: el acuerdo por el que cientos de prisioneros - incluyendo el infame asesino Samir Kuntar - fueron puestos en libertad a cambio de los cuerpos de dos soldados de Tzáhal.

Un acuerdo de esas características, incluyendo el de Tennenbaum, sirve para demostrarles a las masas del mundo árabe cuán acertados están los islamistas, ya sea sunitas o chiítas, cuando afirman que "Israel sólo entiende el uso de la fuerza".

Por lo tanto, es obvio que el acuerdo por Shalit fortalece a Hamás y a la lucha armada en la que cree, al tiempo que debilita a Mahmud Abbás, que optó por la vía no violenta cuyo objetivo es lograr que Israel termine cediendo finalmente a la presión internacional.

El éxito de Hamás fuerza a Abbás a endurecer sus posiciones, y destaca la necesidad que tiene el líder palestino de promover una reconciliación con la organización terrorista. Pero incluso si los líderes de Hamás en Gaza se inclinan por algún tipo de acuerdo con Israel, como afirman algunos expertos, los prisioneros liberados no habrán de permitirle moderar su postura. Por lo menos, no en un futuro cercano.

Muchos de ellos gozan de gran prestigio e influencia entre los líderes políticos del movimiento y su brazo armado, y harían cualquier cosa para frustrar un acuerdo con Israel. El caso de Shalit, por lo tanto, hace todavía más improbable la realización de un pacto entre israelíes y palestinos en el futuro inmediato.

Sin embargo, el acuerdo ofrece algunos aspectos positivos desde la perspectiva de Israel. Estableció una relación mucho mejor afianzada con Egipto. El éxito de la mediación por parte de Egipto dejó en claro a los nuevos gobernantes de la nación - el Consejo Militar Supremo - que la relación con Israel es valiosa y necesaria.

El acuerdo orquestado por Egipto permitió además a su dirigencia militar demostrarle a esa fuerza popular que constituyen la "calle egipcia y árabe", que sabe cómo cuidar del interés árabe-palestino, e incluso doblegar a Israel si es necesario.

El acuerdo también permitió a Egipto demostrarles a EE.UU. y Europa, además de los estados árabes moderados, que es una fuerza de equilibrio en la zona que sabe cómo desactivar las "minas regionales". El prestigio de Egipto como líder en Oriente Medio ha recibido un gran impulso, lo cual apoya también el pedido por parte de El Cairo para que EE.UU le proporcione la tan preciada ayuda económica.

Sin embargo, el acuerdo también acerca a Egipto y a Hamás. Es posible suponer que esta creciente asociación haga más difícil para Israel tomar medidas contra Hamás en el futuro.

Otro aspecto positivo tiene que ver con los términos del acuerdo. La deportación de cientos de genocidas a Gaza o al extranjero no sólo minimiza el grave riesgo de seguridad que suponen, sino que también constituye un duro castigo para los deportados.

Desconectarlos de sus familias y de su ámbito resulta un sufrimiento psicológico que no muchos pueden superar. La experiencia demuestra que la gran mayoría consideran a la deportación como una especie de aislamiento social que los humilla por un prolongado período de tiempo.

Otro punto que tiene consecuencias positivas está relacionado con el gobierno israelí, o, para ser más exactos, con Binyamín Netanyahu. Cualquiera que haya afirmado que el primer ministro es incapaz de ser pragmático o de hacer concesiones dolorosas tiene que admitir su error. Abbás, el gobierno estadounidense y los líderes europeos deben prestar especial atención.

Ahora es necesario que Israel aprenda las lecciones del affaire Shalit. Se puede suponer que el próximo secuestro ya está en camino, y por consiguiente, este proceso debe llevarse a cabo con celeridad.

La principal lección es que, luego de un secuestro, Israel debe actuar de forma inmediata en tres frentes: primero, establecer una fuerza especial de tarea de inteligencia, cuya única misión será ocuparse de todos los aspectos relacionados con la liberación del ciudadano secuestrado, comenzando con la recopilación de información sobre su paradero, para continuar luego con el desarrollo de opciones operativas para liberarlo, y brindando finalmente apoyo y asesoramiento sobre las negociaciones.

Este grupo especial de tareas debe ser inmediatamente comandado por personal de Tzáhal, Shin Bet y el Mossad. Por ejemplo, si un israelí es secuestrado en el extranjero, el Mossad se haría cargo del comando del grupo de tareas, mientras que Tzáhal y Shin Bet quedarían a cargo del control en otros casos.

La segunda lección es que Tzáhal, con la ayuda de los Servicios de Inteligencia, debe ocuparse de realizar operaciones destinadas a ejercer presión sobre los secuestradores. Si tras el secuestro de Shalit, Tzáhal hubiera entrado inmediatamente en Gaza, dividiéndolo la Franja en tres partes e informando a Hamás que la condición para abandonar la región era dejar en libertad al soldado secuestrado, probablemente las negociaciones hubieran sido más sencillas y rápidas.

En su lugar, Tzáhal entró en la Franja y llevó a cabo una serie de operaciones sin un propósito claro y sin provocar ningún efecto. Una campaña de asesinatos selectivos probablemente habría tenido un resultado más deseado de haber sido debidamente planificado y de no haber mostrado Israel tanto temor a los lanzamientos de misiles disparados contra el sur del país. Tales operaciones no sólo habrían asegurado la liberación de la persona secuestrada, sino que también habrían intensificado la disuasión frente a la posibilidad de futuros secuestros.

Asimismo, Israel debe establecer de antemano sus "líneas rojas", las cuales el gobierno no podrá traspasar a menos que cuente con el respaldo de la legislación. Es necesario destacar que tales límites deben ser realistas y tener en cuenta los precedentes establecidos en acuerdos anteriores y la sensibilidad de la sociedad israelí por las vidas de los individuos que constituyen su pueblo. Pero el establecimiento de esos límites debe ser el producto de una prolongada y significativa discusión pública. La otra parte también debe tener un pleno conocimiento de esos límites.

La cuarta lección es que Israel debe respaldar decididamente sus declaraciones y amenazas. Si el primer ministro aseguró, tras la liberación de Shalit, que los presos que retornen a la actividad terrorista habrán de ser eliminados, él, y todos aquellos que lo acompañan en el gobierno, debe estar a la altura de sus declaraciones.

Si Israel decide tomar medidas decisivas para poner en práctica estas lecciones y se lo demuestra a las familias de los secuestrados, los grandes festejos de los medios de comunicación que no hicieron más que prolongar el cautiverio de Shalit y elevar su precio, podrían evitarse en el futuro. También resultaría del todo irrelevante ese vergonzoso festejo de capitulación por parte del gobierno del primer ministro y de Tzáhal, del que todos hemos sido testigos.

Un acuerdo de capitulación es algo que debe aceptarse moderadamente, tal como se acepta un resultado amargo que resulta inevitable. Sólo en Israel la humillación puede ser motivo de festejo, sin tener en cuenta cómo se percibe desde el otro lado y el daño que puede causar.

Fuente: Yediot Aharonot - 21.10.11
Traducción: www.argentina.co.il