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En el desierto

No es necesaria una imaginación superlativa para describir la avalancha que se habrá originado en el desierto, luego de la salida de Egipto, cuando Dios proporcionó el Maná que los hebreos saborearon como pasteles con miel.

Pesaj es también una fiesta usada para antiguas calumnias antisemitas: A fin de hornear sus panes ácimos, los judíos necesitaban la sangre de un niño cristiano; entonces lo mataban, derramaban su sangre y amasaban la mezcla con ella.

También en nuestros días no cesan las difamaciones, sólo cambian un poco de característica; se despojan de una forma y adquirien otra. ¿Cuál es la nueva monstruosidad con la que intentan endilgarnos?

Esos incircuncisos que mamaron el odio a Israel en la leche materna, nos endosan culpas obscenas: En el Estado que crearon los ancianos de Sión, dicen, sus habitantes montan en camellos de aquí para allá; como si no hubiera finalizado la salida de Egipto; asan sus comidas sobre parrillas de hierro; comen en los bosques o en los prados como las bestias, igual que los cavernícolas que descubrieron el fuego.

Eso es lo que difunden en el mundo aquellos que nos odian; como si fuéramos un país subdesarrollado.

Dichas abominaciones no pueden quedar sin respuesta, sangrando como un niño cristiano o musulmán en la noche de Pesaj. Hizo muy bien nuestro Ministerio de Información cuando decidió detener la hemorragia y colocar a Israel en el lugar que corresponde.

No es muy difícil medirse con semejantes argumentos; Israel no es un país en el que sus habitantes comen con las manos ni cabalgan sobre camellos.

Todo el mundo sabe que somos un país desarrollado, con gran renombre en alta tecnología, en la planificación de coches eléctricos, en la fabricación de bombas de fragmentación y cabezas explosivas nucleares, todo de acuerdo a fuentes extranjeras.

El mundo televisivo no nos ve como un país retrógrado, sino como un Estado que en reiteradas ocasiones se sale de la vaina; un país en el cual sus líderes y gobernantes actúan alocadamente; y no sólo se ensaña con nuestros dirigentes, también con numerosos dirigidos.

¿Cuándo se nos da la oportunidad de aparecer en pantalla? Cuando los ultraortodoxos se salen de sus casillas, esa es la foto grupal que se difunde, esa es la imagen que se percibe. Y nuestros amigos preguntan: ¿Ese es Israel? ¿Esa es Jerusalén?

Así nos ven; como plebeyos que nunca cruzaron el Mar Rojo. Y en los últimos días, otra foto se agregó al álbum: miles de israelíes galopan como camellos desbocados en el desierto, corren enloquecidos, son pisoteados como reptiles y se aplastan unos a otros como elefantes en las tiendas de moda y muebles de marca.

Es fácil describir el placer de los descendientes de los vikingos, observando como los herederos de los hebreos se arrojan sobre un par de calzones y un sostén de su manufactura, así como alguna vez se abalanzaban sobre las voluntarias en los kibutzim.

¿Acaso no fue en Suecia donde últimamente se difundió la calumnia sobre el robo de órganos de palestinos, a quienes soldados israelíes disparaban con la intención de extraerlos? ¿Acaso no fue confiscado por Avigdor Liberman en nuestro nombre, en nombre de todos los depredadores de H&M?

Si Suecia no fuera un país helado y caro, le hubiéramos asestado también el embargo turco por un mes - con todo incluido - pero sólo después de las vacaciones de Pesaj.

No es necesaria una imaginación superlativa para describir la avalancha que se habrá originado en el desierto, luego de la salida de Egipto, cuando Dios les proporcionó el Maná que saborearon como pasteles con miel.

Menos mal que entonces no había televisión.

Esclavos fuimos, seguimos siendo esclavos.

Fuente: Haaretz - 4.4.10
Traducción: Lea Dassa para Argentina.co.il