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Cuestión de tiempo

Antes de la Guerra de Yom Kipur y de la Intifada, la derecha consideró que había tiempo. También hoy, cuando la amenaza de los misiles y la intimidación de la conquista son concretas e inmediatas, la derecha piensa que aún hay tiempo. Pero la verdad es que no lo hay.
 

La alarma que se escuchó esta semana en todo el país no fue verdadera. Los misiles no cayeron sobre Tel Aviv. Los rascacielos en el centro de la ciudad no se desmoronaron. El edificio de la municipalidad no fue dañado, las bases de aviación no se paralizaron. La unidad de depósitos de emergencia de Tzáhal no se incendió, las centrales eléctricas no dejaron de funcionar. Miles de ciudadanos no se agolparon en las playas de estacionamiento subterráneas pidiendo refugio. Los centenares de miles que huyen de las ciudades no bloquearon las rutas. En el aeropuerto Ben Gurión no se agolparon israelíes espantados para fugarse de su patria.

Sin embargo, nadie tiene autoridad para autoengañarse: la situación de seguridad nacional no es buena. La retirada unilateral del Líbano condujo a un Israel amenazado estratégicamente desde el norte. La retirada unilateral de la Franja de Gaza provocó que Israel se vea preocupado por misiles también desde el sur. La guerra de Olmert en el Líbano potenció a Hezbolá de manera sin precedentes. La operación de Olmert en Gaza socavó la legitimidad de Israel peligrosamente.

Como resultado de estas cuatro tristes acciones, y a raíz del desarrollo y la innovación de armas de artillería, Israel en 2010 está mucho más amenazado que en el 2000. La capacidad de accionar fuerzas de combate contra las organizaciones terroristas, se ha limitado en gran forma.

El silencio es una calma ilusoria. El hielo es demasiado fino. No se sabe cuando se romperá.

Tan grave como la preocupación por los misiles, es la intimidación que produce la conquista. Día tras día los asentamientos se amplían; diariamente el conflicto en los territorios encrudece. Los palestinos retroceden paso a paso de la solución de dos estados. La realidad dificulta más y más su concreción. La comunidad internacional demuestra impaciencia hacia uno de los dos países.

Debido a la conquista, la situación demográfica del país de los judíos es insoportable y el afianzamiento moral es oprobioso. Debido a la conquista, la amenaza política se va agravando. El tiempo corre en contra del Estado de Israel.

La derecha no piensa así. Ella aún considera que fuera de uno o dos asuntos, todo marcha sobre ruedas: Binyamín Netanyahu logró frenar por un tiempo a Barack Obama, Israel fue aceptada en la OECD, la economía florece, el verano y las vacaciones están por empezar, la vida nos sonríe. Así como en los años '90 nos salvó la aliá de Rusia, y en la última década nos salvó el High Tech, en los años venideros nos enriquecerán los depósitos de gas que se están descubriendo en nuestro territorio marítimo.

La esencialidad israelí se demostrará nuevamente. Otra vez se aclarará que sabemos vivir también en situaciones imposibles. Los pesimistas ladran, pero la caravana seguirá avanzando. Los profetas de la ira protestarán, pero la vida se sobrepondrá. No hay de que temer, no hay porqué apresurarse. Si no claudicamos, Mahmud Abbás se rendirá. Si no pestañeamos, Obama desaparecerá.

No hay de qué preocuparse, compañeros, promete la derecha, el tiempo está a favor de Israel.

El verdadero debate es sobre la cuestión de tiempo. La derecha confía que él sirve a nuestros intereses, dado que le permite sentar hechos sobre el terreno; está convencida de que Israel fue creada como una realidad tangente, y como tal vencerá.

Eso no es cierto. Israel se estableció gracias a que sus fundadores implantaron los hechos en el terreno por un lado, pero también consiguieron el reconocimiento político de esa realidad por otro. Israel se creó debido a que sus dirigentes comprendieron entonces cuándo el tiempo actúa en pro del sionismo y cuándo en su contra.

Sin embargo, en las últimas décadas, la percepción del tiempo se perdió; también la del equilibrio. Se creó la ilusión de que son suficientes el poderío militar y la prosperidad económica para asegurar nuestro futuro. Se estableció una disonancia peligrosa entre la realidad que aparece y la que se oculta a nuestros ojos. Justamente, la aparente tranquilidad que nos brindan Tzáhal, las fuerzas de seguridad y la alta tecnología, se convierten en un apaciguamiento peligroso que nos permite gozar de la vida sin poder ver las principales razones de la misma. Nos hace ignorar las amenazas que se ciernen sobre nosotros.

El debate sobre el tiempo es cuestión de vida o muerte. Antes de la Guerra de Yom Kipur, la derecha pensó que había tiempo. Previo a la Intifada, la derecha consideró que había tiempo. También hoy, cuando la amenaza de los misiles y la intimidación de la conquista son concretas e inmediatas, la derecha cree que aún hay tiempo.

Pero la verdad es que no lo hay. Si no actuamos en contra del tiempo, éste nos golpeará duramente.

La alerta que no se escucha es la alarma real.

Fuente: Haaretz - 28.5.10
Traducción: Lea Dassa para Argentina.co.il

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