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La tercera Intifada

La tercera Intifada es inevitable. Se desencadenará si la ONU reconoce un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967. Tal decisión no habrá de ponerse en práctica, lo que provocará que los palestinos salgan a las calles para exigir que Tzáhal y los colonos abandonen su territorio.

Otro factor desencadenante será el hecho de disuadir a la ONU de que declare la independencia de Palestina, o bien, si elude su decisión en un intento por aplacar a Israel. En ese caso, los palestinos iniciarán una insurrección al verse profundamente frustrados por la pérdida del apoyo internacional.

El momento oportuno para la tercera Intifada y la excusa inmediata que provocará su estallido todavía se desconocen. Tampoco es seguro que los palestinos esperen hasta setiembre, cuando se reúna la Asamblea General de la ONU. El accionar humano se guía por las expectativas acerca de lo que pueda suceder y no por lo que realmente sucede. Si estamos a la espera de una crisis en septiembre, es probable que estalle antes. La calma de los últimos dos años se ha visto profundamente afectada, y en los territorios ya se registra una intensa actividad: misiles desde Gaza a Ashdod, ataques terroristas y tiroteos en Cisjordania. De aquí a la conflagración, el trecho es muy corto.

El primer ministro está atrapado. Nada de lo que haga podrá evitar la inminente Intifada. No va a someterse ahora a las demandas palestinas ni a congelar los asentamientos, acordando la retirada hacia la Línea Verde en un intento desesperado por detener la loca carrera del tren que marcha hacia su destrucción.

Tales propuestas no solamente significarían su muerte política, sino que además suponen la total contradicción de la lógica que fundamenta el pensamiento estratégico de Netanyahu. En su opinión, las revoluciones en el mundo árabe conducirán a la eliminación de los regímenes de protectorado de Occidente y a su sustitución por los satélites de Irán. La entrega de Cisjordania y Jerusalén a los palestinos, piensa Bibi, los convertirá en "una base para el terrorismo iraní", haciendo insoportable la vida en Israel.

En su angustia, Netanyahu se ha centrado en evitar toda iniciativa en favor de un acuerdo obligado. Al igual que todos sus predecesores desde 1967, el actual premier ve con temor que llegue el día en que el presidente de Estados Unidos le ordene abandonar los territorios - tal como Truman y Eisenhower le ordenaron a Ben-Gurión al finalizar la Guerra de la Independencia y la Campaña del Sinaí, cuando lo conminaron a retirarse del Sinaí.

Durante los últimos 44 años la política exterior israelí se ha esforzado por evitar la repetición de aquel escenario a través de una combinación de intransigencia y entrega de ciertos territorios considerados menos importantes - Sinaí, Gaza, ciudades de Cisjordania, el sur del Líbano - a fin de conservar para si los premios mayores: Jerusalén Este, Cisjordania y los Altos del Golán.

Netanyahu visita las capitales de Occidente suplicando a los líderes mundiales que no le vuelvan la espalda a Israel a fin de ganarse el afecto de los revolucionarios árabes. Ha advertido a sus interlocutores que si expulsan a Israel de Cisjordania y Jerusalén, sólo lograrán proyectar una imagen de debilidad, facilitando en consecuencia el ascenso de Irán. Les ha ofrecido el pago de un rescate bajo la apariencia de vagas promesas de una futura retirada. Por lo pronto, no ha conseguido a nadie interesado en su oferta, e incluso si lograra granjearse unos pocos votos occidentales en contra de la declaración de independencia de Palestina en la ONU, la decisión será aprobada por una amplia mayoría, y la Intifada estallará al día siguiente.

Bibi no se equivoca al considerar que Estados Unidos e Israel se encuentran en un estado de repliegue estratégico tras el derrocamiento de su aliado Hosni Mubarak en Egipto. Es evidente que una fuga de los territorios bajo las amenazas de un acuerdo impuesto, o en el contexto de una tercera Intifada, habrá de interpretarse como señal de debilidad. Pero, como todo héroe trágico, Netanyahu ha tejido su propia trampa. De haber continuado con el proceso de Annápolis después de llegar al poder, en lugar de arrojar a la basura la revisión de la política, su situación actual habría sido mejor. En aquel entonces, Mubarak estaba firmemente asegurado en el poder, Estados Unidos habían propuesto borrón y cuenta nueva a los árabes e Israel podría haber aprovechado la oportunidad con sólo decir "Sí". Si en aquel momento Netanyahu hubiera aceptado el mapa del ex primer ministro, Ehud Olmert, como base para las negociaciones, el mundo lo habría aclamado y podría haber exigido aquellos ajustes tan importantes para él como el reconocimiento de un Estado judío y la presencia de Tzáhal en el valle del Jordán.

Sin embargo, Bibi se negó a discutir los asuntos principales, más allá de las vagas declaraciones ("Bar Ilan 1"), y terminó cayendo en la trampa diplomática preparada para él por el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbás, y el presidente de EE.UU, Barack Obama.

Ahora es demasiado tarde. El mundo considera a Netanyahu obstinado y terco, y anhela su caída. Ciertamente, él no será capaz de evitar la tercera Intifada, que al igual que sus dos predecesoras, le costará a Israel muchas víctimas innecesarias, para llevar a cabo finalmente la retirada que tanto quiso evitar.

Fuente: Haaretz - 29.4.11
Traducción: www.argentina.co.il

Parashat Hashavúa

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