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No hay democracia sin ciudadanía

Sr. Director

Tengo la mala sensación desde hace algún tiempo que un relente de fascismo se extiende por la sociedad israelí y no nos damos cuenta de ello. Estamos en una pendiente resbaladiza y muy peligrosa. Liberman, los extremistas del Likud y los religiosos nacionalistas vienen impulsando constantemente una legislación que está cada vez más en el límite de una posible convivencia.

Cuando se ven todas esas leyes en su conjunto, nos encontramos ante un cuadro que tiene que inquietar a quienes tememos por el carácter democrático de Israel.

Estoy de acuerdo con que todo israelí deba respetar las leyes del Estado, pero ¿qué es eso de jurar "lealtad"? La lealtad a un Estado es un concepto manifiestamente fascista. En verdaderas democracias, son los Estados y sus instituciones y dirigentes quienes deben estar al servicio del ciudadano y de su bienestar.

En EE.UU ningún nuevo ciudadano jura lealtad al Estado, sino a su Constitución, que es algo totalmente distinto ya que representa en concenso general de las leyes básicas y los derechos y deberes de toda la población.

Liberman aprendió el concepto de democracia en las escuelas soviéticas, y lo enriqueció y extendió con el espíritu del fascismo adquirido mientras militaba en el Likud al lado de Bibi.

El fascismo no es una plaga sino una doctrina organizada que a la larga hace desaparecer el concepto de ciudadano, un concepto que está en el corazón mismo de la democracia. En el fascismo, el Estado es el valor más elevado, y los sujetos están obligados a serle leales hasta morir, y a servirle sin reservas.

Ésta es precisamente la percepción del fascista Liberman. En este sentido, las leyes que pretende hacer pasar en la Knéset no son un problema sólo para las minorías no judías de Israel, sino para todos la ciudadanía preocupada por preservar el sistema democrático de Israel.

Dos tipos de régimen han anulado la ciudadanía: los regímenes fascistas y el régimen estalinista, y los dos, de forma completamente lógica, renunciaron a los principios de la democracia. No hay democracia sin ciudadanía, y no hay ciudadanía sin democracia.

Atte.

Elena Meshulam
Kiryat Ono