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El Holocausto no es cuestión de opinión


Preparemos las salas de conferencias, los palacios de congresos, el fórum de las culturas, porqué van a venir todos. Con sus bonitas cabezas rapadas y sus líderes de chaqueta planchada y más planchada a conciencia.

Ya no necesitan ir al paraíso libertario de Irán para explicar que nunca existió la muerte masiva, que el millón de niños exterminados en los campos nazis nunca dejaron allí su último aliento, que los dos tercios de judíos europeos desaparecidos en el magma de seis millones de asesinados nunca tuvieron nombre.

Ahora podrán pasear por las bonitas calles de Barcelona y decir, en voz alta, que nunca existió el Holocausto. Los negacionistas, la legión más militante del revisionismo nazi, ha encontrado ampara en el magnífico Tribunal Constitucional español, y hoy ya saben que negar el Holocausto es una cuestión de opinión, y no un acto de ignominia, crueldad y antisemitismo.

Tienen el amparo legal, y el cielo ha caído sobre nuestras cabezas.

Mientras Ángela Merkel se desgañita por los rincones del sentido común, exigiendo que la negación del Holocausto sea delito en la UE, en la España-es-diferente del alto tribunal florecen las ideas del ultraliberalismo opinador, y España pasa a ser el país de Europa donde más felices vivirán todos estos indeseables.

La libertad, convertida en la coartada del fascismo.

Me pregunto, con mi maldad característica, si sería legal negar la existencia de las víctimas de ETA o considerar que nunca existió el dolor terrorista. Y, porqué sé la respuesta - y la aplaudo -, me pregunto cómo es posible que alguien considere legal negar la tragedia más grande de la historia de Europa. Es una locura. Y, sobre todo, es una irresponsabilidad.

Sí. Reconozco mi profunda tristeza. Por que esta decisión es un puñal en el corazón de los que aún están vivos, en el recuerdo de los que perdieron familias enteras, pueblos borrados del mapa, generaciones hipotecadas en el agujero negro del horror.

Creo que es una burla a las víctimas y un aliento a los verdugos. Es decir, es una derrota de la justicia, de la memoria y de la dignidad.